viernes, 13 de julio de 2007

Ramsés II "EL FARAÓN DE FARAONES"




User-Maat-Ra Setep-En-Ra Ramsés Meri-Amón[1], o Ramsés II[2], tercer faraón de la Dinastía XIX de Egipto, gobernó durante 67 años, entre el 1290 adC y el 1224 adC, aproximadamente. Ramsés II es uno de los faraones más célebres, debido a la inmensidad de vestigios que quedan de su activo reinado. Algunos escritores creen que es el faraón mencionado en el Éxodo bíblico, pero no hay pruebas ni documentos egipcios de ello.
Ramsés II era hijo del faraón Sethy I y de su Gran Esposa Real, Tuya. No fue, como a veces se asume, hijo único; se sabe que tuvo al menos dos hermanas, y al parecer, un hermano llamado Nebchasetnebet, quien murió antes de alcanzar la edad adulta, con lo que Ramsés pasó automáticamente a ser el heredero.

Sety I nombró corregente a Ramsés cuando éste tendría unos catorce años, y recibió entrenamiento intensivo de parte del mismo faraón y de múltiples maestros de artes y ciencias. A los quince o dieciséis años Ramsés ya tenía autoridad sobre parte del ejército. Una y otra vez, inscripciones de esa época lo describen como un "astuto joven líder". Por aquel entonces ya estaba casado y era padre de cuatro hijos.

Ramsés acompañó a su padre en campañas militares para sofocar rebeliones en Canaán. También lo secundó en la guerra contra los hititas que habían ocupado los territorios de Siria, tradicionalmente pertenecientes al imperio egipcio, pero perdidos hacía varios años debido a la debilidad del rey Ajenatón. Otras tareas que Ramsés debía desempeñar, por orden de su padre, eran supervisar los trabajos de construcción de los templos y la extracción de material de construcción en las canteras del sur del imperio.

Se cuenta que Ramsés se encontraba en Nubia (actual Sudán) cuando su padre Sethy murió. Volvió a Egipto donde, junto con su madre, Tuya, llevó a cabo las ceremonias fúnebres de su padre en la necrópolis tebana.
Poco después de comenzar su reinado en solitario, Ramsés hubo de reaccionar ante la amenaza de los hititas. Quizás consideraban al nuevo rey más débil que su poderoso padre, pues iniciaron numerosas escaramuzas en las fronteras hasta que el ejército egipcio se vio obligado a reaccionar. Muestra de ello es la celebérrima Batalla de Kadesh, al norte de Siria, donde por fin se encontraron los ejércitos egipcios de Ramsés II con la coalición sirio-hitita del emperador Muwatallis II.
Según se cuenta, Ramsés hizo caso omiso de los consejos de sus generales y visires, lo cual causó que cayera en una emboscada de sus enemigos hititas y su ejército se viera gravemente diezmado en territorio desconocido. Las tropas egipcias huyeron del ejército hitita, y Ramsés tuvo que luchar prácticamente solo contra los enemigos guiado por el dios Amón, o eso es lo que él mismo nos dice en los monumentos donde dejó escrita su hazaña. Los historiadores actuales son más críticos y prefieren pensar que la batalla acabó en tablas, y no en una aplastante victoria de Ramsés.
Finalmente, Ramsés y Muwatallis II se dieron un respiro y el faraón regresó a las Dos Tierras, donde prosiguió con sus numerosos trabajos de construcción. No obstante, la guerra no acabaría hasta la llegada al trono de los hititas de Hattusil III, el ambicioso hermano de Muwatallis II, que acabría firmando la paz con Ramsés II cuando éste llevaba unos 25 años en el trono.

El rey constructor

Durante el resto de su reinado Ramsés desarrolló una especie de obsesión por construir templos enormes y espectaculares. No sólo se dedicó a llenar la riberas del Nilo de hermosas y enormes construcciones, sino que también usurpó muchas de ellas a sus predecesores, incluido su padre Sethy I. En sus muchos años de reinado, superó con creces en labor constructora a Amenhotep III, y prueba de ello son, por ejemplo, la ampliación del templo de Abidos, el enorme complejo funerario del Ramesseum, o los templos en Nubia, entre los cuales los más célebres son sin duda los de Abu Simbel, dedicados a Ra, Ptah, Amón, e incluso al propio Ramsés como divinidad; el menor está dedicado a la diosa Hathor..

Aunque no fue el primer faraón en hacerse adorar como un dios, sí lo fue en dedicarse templos y estatuas de forma sistemática. Ramsés fue, junto con Hatshepsut o Amenhotep III, uno de los pocos faraones que realmente creían, o pretendían hacer creer, que habían sido engendrados por la cabeza del panteón, el todopoderoso Amón-Ra.

No obstante, la construcción quizás más importante de todo el reinado de Ramsés II, y que sentaría las bases de lo que cientos de años después sucedería, fue la edificación de una nueva capital en el norte, que recibió el nombre de Pi-Ramsés La Ciudad de Ramsés. Desconocemos los motivos por los que el faraón se arriesgó a alejarse de Tebas y de su poderoso clero, viendo lo que había sucedido con Ajenatón años atrás, pero lo cierto es que este monarca era un hábil político, y comprendía la importancia de estar próximo al norte, lo más cerca posible a la convulsa Canaán (Siria-Palestina).

Es posible que en la construcción de Pi-Ramsés se contratasen obreros hebreos tal y como relata la Biblia (pues ésta menciona que fueron esclavizados para construir las ciudades de Pithom y Ramsés), aunque es bien sabido que por entonces no existía en Egipto la esclavitud salvo para los prisioneros de guerra.

Las mujeres de Ramsés II

Quizás por ser el más conocido de los faraones, tenemos datos de decenas de reinas, esposas y concubinas y de cientos de hijos e hijas de este rey, lo que le ha labrado la fama de lascivo y mujeriego. También es cierto que el rey no hizo nada para ocultar este hecho, sino que incluso llegó a confeccionar una lista con los nombres de todos sus hijos y diseñar una enorme tumba en el Valle de los Reyes para varios de ellos. Este hipogeo, conocido hoy como KV5 no deja de sorprendernos y sigue siendo estudiado en la actualidad. Ignoramos qué grandes secretos puede guardar.

Sin temor a equivocarse, es indudable que la mujer de la vida del faraón fue su primera Gran Esposa Real, la bella Nefertari. Desconocemos su linaje, aunque se piensa que quizás estaba emparentada con la anterior dinastía por el faraón Ay: Ramsés se ocupó mucho de ocultar su parentesco. Nefertari no fue sólo una esposa y la madre de los hijos del faraón, sino que tomó un papel muy activo en las conversaciones con los hititas, y sus cartas con la emperatriz Putuhepa sentaron las bases del proceso de paz.

Era tal el amor que profesaba el rey a Nefertari que le llegó a dedicar el segundo templo de Abu Simbel, bajo la imagen de la diosa Hathor. Desgraciadamente, es muy posible que Nefertari no llegase a ver el templo acabado, pues murió en el año 26º de reinado, antes de su inauguración.

La desaparición de Nefertari encumbró aún más la posición de la segunda Gran Esposa Real de Ramsés, con la que también estaba casado desde la adolescencia, Isis-Nefert. Al contrario que su rival, esta mujer permaneció siempre en la sombra, pero se piensa que era muy inteligente, pues logró situar a todos sus hijos en los puestos más importantes del Estado. Se ha llegado incluso a pensar que hubo rivalidad entre la familia de Nefertari y la de Isis-Nefert, y que la muerte de la primera y de su primogénito se debieron a las intrigas de la segunda. Ante la ausencia de datos, sólo caben las conjeturas.

Ignoramos la fecha de muerte de Isis-Nefert, pero se sabe que compartió el cargo de Gran Esposa Real con otras mujeres: Ramsés tuvo, aparte de sus dos primeras esposas, otras cinco reinas. Al parecer éstas fueron su hermana (o hija) Henutmira, la princesa hitita Maathornefrura, la dama Nebettauy (tal vez hija de Isis-Nefert), así como dos hijas más. El incesto real era frecuente en la historia egipcia, y Ramsés II no tuvo el menor reparo en convertir en las Grandes Esposas Reales más importantes a sus dos más bellas hijas, una de Nefertari (Meritamón) y otra de Isis-Nefert (Bint-Anat), que acabarían sustituyendo a sus madres, tanto en su peso político y ritual como en el corazón de su marido cuando éstas desaparecieron.

Los hijos de Ramsés II


En cuanto a los hijos de Ramsés II, se conocen al menos 152 vástagos. De ellos, los más importantes fueron éstos:

* Nacidos de Nefertari:
o Amenhirjopshef. El primogénito. Murió en extrañas circunstancias unos pocos años después de la muerte de su propia madre.
o Meritamón, la cuarta de sus hijas y la primera nacida de Nefertari. Acabó siendo ella misma Gran Esposa Real y la sustituta de Nefertari en numerosas ceremonias, incluida la fundación de Abu Simbel.
o Paraheruenemef (el tercer hijo), Meriatum (el sexto) y Merira (el undécimo). También fue padre de la princesa Henuttauy, con la que se casó pero a la que nunca ascendió al rango de Gran Esposa Real.

* Nacidos de Isis-Nefert:
o Ramsés. El segundo hijo del faraón, y uno de los hombres fuertes de la primera mitad del reinado. Murió por la misma fecha que su medio-hermano Amenhirjopshef.
o Bint-Anat, la mayor de las hijas del rey. Como hizo con Meritamón, Ramsés se casó con Bint-Anat, supliendo ésta a su madre Isis-Nefert. Se cree que fue madre de al menos una niña, de nombre Bint-Anat II, que llegaría a Gran Esposa Real del siguiente monarca.
o Jaemuaset, el cuarto hijo. Es el hijo más conocido de Ramsés II. Ostentó el cargo de Sumo Sacerdote de Ptah y era tenido como el hombre más sabio del país e incluso se rumoreaba que era un poderoso mago. Murió unos pocos años antes que su padre, debido a su avanzada edad.
o Merenptah. Era el decimotercer hijo, pero debido a la longevidad de su padre fue el destinado a sucederle el trono. Estaba casado con su hermana Isis-Nefert II.
Ramsés tuvo un destino extraño: su existencia fue tan larga que sobrevivió a muchos de sus descendientes. Murió casi centenario tras 67 años de reinado y celebrar once festivales Heb Sed, y fue enterrado en el Valle de los Reyes, en la tumba KV7. Su momia, descubierta en 1881, es la de un hombre viejo, de cara alargada y nariz prominente. Fue sin duda el último gran faraón, ya que sus sucesores más importantes, Merenptah y Ramsés III, se vieron obligados a llevar una política defensiva para mantener la soberanía en Canaán. Posteriormente, la decadencia interna habría de terminar con el poder de Egipto más allá de sus fronteras.

En realidad, el largo reinado, unido a la dejadez del rey tras los primeros veinte años y el inmenso esfuerzo constructor, fueron letales para Egipto, y el próspero Imperio Nuevo tenía los días contados.